Hace unos días me estaba acordando que en mi etapa de depresión por David me puse algo escritora y empecé un blog donde ponía babosada y media.
Esto es lo único que he podido rescatar. Cabe destacar que son cosas del 2009.
Por siempre, para siempre
Un día me encontré con una hermosa hada. Ella decía que venía desde muy lejos sólo para cumplirme un deseo. Quería que fuera feliz, y que tuviera lo que más quisiera en la vida. No era una hada desconocida. No. Yo antes la había visto por ahí con otros niños, por lo que agarré confianza rápidamente. La hada llegó en mi cumpleaños ofreciéndome un montón de cosas que yo nunca pensé en tener. Nunca le he cumplido cosas a una niña de 17 años,me dijo. Me atrasé contigo, porque estaba muy ocupada con todos los demás. Le pedí que me diera unos días más para pensar muy bien lo que quería pedirle.
Entre tanto pensar y pensar y pensar, sólo conseguí revolverme y querer un millón de cosas más de las que podía. Un solo deseo era muy poco para mí. Si se había atrasado conmigo por cumplirles deseos a otros niños, ¿no debería tener uno extra para recompensarme por la tardanza? Haber deseado algo hace unos 10 años hubiera sido más sencillo, no que ahora, que deseaba tantas cosas. Uno solo era insuficiente. Uno es ninguno, eso se me había quedado desde los 14. El hada, esperó una semana, un mes... Todos los días se aparecía en mi habitación a la noche preguntándome si ya había decidido algo.
Al medio año, exactamente, se apareció sobre mi cama, y aventó todas las almohadas.Estoy harta, gritó. ¿Qué es lo que quieres? Dímelo ya. No eres la única niña en el mundo a quien tengo que cumplirle deseos. Después de unos 15 minutos de pensar correctamente las palabras que iba a utilizar con la furiosa hada, sólo se me ocurrió agachar la cabeza, y disculparme porque todavía no había decidido qué pedir. ¿Quieres amor? me espetó, tu vida amorosa parece ser mediocre. Me dirigí a la ventana mientras que aceptaba que mi vida amorosa sí parecía mediocre a los ojos de otras personas... y hadas. Pero amor no era lo que quería. No más de ese amor. Tengo el amor de mi familia, le dije, el amor de mis amigos, e incluso, el amor de varias mascotas. No necesito más. Con lo que tengo me puedo llenar por ahora. El hada voló hasta mi buró, tumbó cepillos, adornos para el cabello, pulseras de tela, unos libros con los que estudiaba y un labial tan seco, que al tocar el piso, se hizo polvo y me preguntó, ¿entonces necesitas ser bella?, ¿más femenina? Me contemplé en el reflejo de mi ventana mientras me preguntaba si realmente quería cambiar algo de mí. Obviamente había cosas que no me gustaban. Cosas que quería cambiar para verme "bonita". Pero belleza no era lo que necesitaba. La belleza es relativa, le dije. Tú puedes mirar ese cuadro colgado en la pared y decir que es horrible. Que no tiene sentido. Que es tan simple. En cambio, yo lo veo como algo tan hermoso. Como algo tan laborioso. Como algo que no puedo entender, pero que si examino, puedo sacar muchas cosas de él. Y creo que es lo que le va más a mi habitación.
El hada no podía cumplirme lo que quería porque todavía ni yo sabía.
¿Por qué era tan complicado escoger algo? ¿Qué era lo que más quería? ¿Qué necesitaba?
Miré a la ventana, y lo primero que vi fue a un pequeño niño balanceándose en el columpio. Eso era. Eso quería. Eso necesitaba ahorita. Lo necesitaba para no ser tan amargada. Lo necesitaba para reescribir varias cosas de mi vida. Lo necesitaba para volver a ser la de antes. La que a todos agradaba, la niña risueña, la soñadora. Quiero ser una niña por siempre.
El hada, feliz de que me hubiera decidido por algo finalmente, tomó unos polvitos de su bolsa mágica y los esparció por toda mi habitación, dejándome encerrada con los millones de brillantes que ahora flotaban por todo el cuarto. Cuando todos éstos cayeron al suelo, el hada volvió a aparecer y me preguntó si estaba conforme con mi deseo. Me acerqué al buró y me vi en el espejo. Era yo. No se reflejaba la niña feliz de 7 años que había deseado ser. Seguía pareciendo de 17. ¿Qué es esto?, le pregunté con enojo. ¿No se suponía que iba a cambiar y volver a ser una niña? El hada, con una sonrisa que consideré estúpida en su momento, se colocó frente a mí y besó mi frente. No necesitas parecer una niña para serlo realmente, me contestó. Me hiciste esperar tanto tiempo, para que al final de cuentas tu deseo sólo dependiera de ti. Sigues siendo una niña, porque todavía mantienes algo de inocencia. Inocencia que ya no perderás. Sigues siendo niña porque aún no sabes muchas cosas de la vida. Sigues siendo niña, porque todavía sonríes cuando alguien lo hace. Sigues siendo una niña, porque te has mantenido en un buen lugar, y no te has contaminado. He puesto un protector sobre ti, para que toda esa angustia de los adultos, ese miedo a envejecer, esa cara larga que siempre cargan, y ese estrés de todos los días, no te afecte a ti como a los otros. Serás una niña por siempre. Sólo es cuestión de querer.
Y nunca más volví a ver al hada. Supongo que en este momento debe estarle cumpliendo deseos a otros niños. Esperaba volver a verla algún otro día. Quién sabe si a mis hijos les cumplió deseos. Quién sabe si a mis nietos se los esté cumpliendo o se los cumplirá. Yo espero que sí, y espero que alguno de ellos les pida lo mismo que yo, porque de verdad que durante toda esta vida, he difrutado ser niña. No pude haber pedido más
Cuando uno menos lo espera...
Yo tenía un reflejo. Sí, lo tenía. Había aprendido de mamá el hablar siempre frente al espejo cuando tuviera algo importante que decir, decía que teníamos "que practicar frente al espejo". Nunca lo había intentado. Nunca pensé necesitar practicar frente al espejo. ¿Para qué? ¿El espejo me iba a contestar diciéndome si hacía mal las cosas? ¿Si me veía ridícula? ¿Si me trababa al hablar? No. El espejo no iba a hacer nada de eso... muy a mi pesar.
Sin embargo, un día, al encontrarme desesperada, enojada, frustrada, deprimida, probé con verme al espejo. Quise ver por mí misma cuán patética me veía llorando. Observé cómo las lágrimas resbalaban sobre el rostro de aquella persona que se veía destruida.
¿Quién era?
Recordé que me había quedado viendo al espejo, y que esa persona que veía en ese mismo momento era yo. Nadie más que yo. Me acerqué un poco al espejo para observar mejor nuestros ojos hinchados y le pregunté ¿por qué estás así? No quiso contestarme y ambas nos pusimos a llorar de nuevo, al recordar por qué nos encontrábamos en ese estado.
Dejamos de llorar después de un rato, cuando nos encontrábamos más tranquilas, fue cuando pensé que era buena idea contarle lo que me había pasado.
Es que hay una persona... empecé.¡Yo lo quiero! ¡Yo lo amo! ¡Yo quiero que sea sólo para mí! Pero hay alguien más. Siempre hay alguien más...
De nuevo había empezado a llorar, y al parecer, había contagiado al reflejo con mis lágrimas, puesto que había empezado a llorar conmigo. Y fue desde ese entonces, que yo seguí "practicando" a diario con aquella copia de mí.
Yo hablaba mucho con mi reflejo. Ya no era sólo "practicar", como le decía mamá. Era platicar. Hablaba tanto que esperaba que algún día me pudiera contestar. Cuando eso pasó, no me sorprendí. Ya sabía. Ya sabía yo que, de tanto hablar, ahora era capaz de hablar conmigo. Pasábamos horas y horas platicando. Aunque era yo la que más hablaba siempre, no me cansaba.
Podía pasar el día entero contándole de mí, y de todo lo que hacía en el día. De todos los "problemas" que tenía. De cuánto me frustraba no poder tener a la persona que quería para mí. De verlo siempre con alguien más... Muchas veces hablábamos de ese chico. A mi reflejo le gustaba hablar más de eso. Pero cuando llegaba a decir que nunca estaría conmigo, intentaba cambiarme el tema preguntándome por el tiempo, por la música... por cualquier otra cosa.
Y así pasaron los años...
Llegué a ponerle nombre a mi reflejo. Catherine, se llamaba. Acababa de leer una novela, y la protagonista se llamaba así y, curiosamente, me recordaba mucho a mí, por lo que el nombre era perfecto para el reflejo. Eres como yo, pero diferente, le decía. Piensas diferente, sientes diferente, pero en cierta parte, somos iguales.
Un día Catherine me abrió los ojos, y me dijo que éramos nada iguales. ¡Y yo que pensaba que por dentro sí lo éramos! Me dijo que, si fuera su caso, no habría desperdiciado el tiempo queriendo a la misma persona. Me dijo que se hubiera deprimido menos que yo. Que no se hubiera preocupado por comer de más. Que siempre hubiera tenido una sonrisa bien plantada en su cara. Enojada, le dije que no entendía nada de como era la vida.
Tú ni siquiera eres real...
Eso fue lo peor que le pude haber dicho. Quisiera regresar el tiempo sólo para corregir eso. Sólo para volver a platicar como siempre lo hacíamos.
Al día siguiente, Catherine ya no estaba. Y nunca más volví a tener reflejo. Creo que, aparte de haberse ido por lo que le dije, ya se había hartado un poco de mí y de todas mis exageraciones. Ya se había hartado de verme llorar y de lamentarme siempre por todo lo que no hice, y por todo lo que yo creía muerto cuando todavía ni estaba vivo. Y, por sobre todo, ya se había hartado de amar, como yo, a la misma persona.
No hay comentarios:
Publicar un comentario