Mi cumpleaños fue... extraño. No pude evitar sentir la nostalgia que he estado sintiendo todos estos años. Ese "algo" que me falta. Tal vez sé qué es, pero no quiero admitirlo. No me gusta. Me da coraje porque nada debería faltarme. Sin embargo, mi cabeza es así. Mi cabeza es complicada. Me causa incomodidad admitir que me gusta hacerme la víctima. En mi adolescencia (y hasta hace algunos años atrás), yo era la reina de las reinas del drama. Si tal persona no me había felicitado en mi cumpleaños, yo lo recordaría por los siglos de los siglos y nunca jamás la felicitaría en su cumpleaños. Si alguien había faltado a mi fiesta, nunca de los jamases iría a su festejo. Si alguien me rompía el corazón, me lo iba a tatuar para nunca de los nuncas olvidar todo lo que me hizo sufrir. Si la novia de mi ex me hablaba, haría un problemón con mi ex y la agarraría en contra de los dos a pesar de haber terminado en buen plan. Eso, entre muchísimas cosas más que pasaron. Eso, entre otras cosas por las cuales me hice la víctima. En algunas debo admitir que sí lo era, pero ése no es el punto en sí. El punto es cuando lo haces notar demasiado. El punto es cuando les haces saber a todos por qué y de qué eres la víctima.
Luego, llega un punto en la vida, en el que ya no puedes hacer eso. Ya no puedes culpar a los demás por ese tipo de cosas. Sabes las intenciones de las personas. Sabes que cometen errores. Sabes que, la mayoría, está haciendo su mayor esfuerzo. A menos que no sepas que no es así. De saberlo, ¿entonces para qué molestarse si quiera?
El punto.
Normalmente, años atrás (tampoco tan reciente, eh), si mi cumpleaños apestaba, me hacía la víctima porque tenía crappy friends que no me hacían alguna fiesta sorpresa (razón completamente pendeja), o me enojaba con mis papás por no tener dinero para regalarme algo, o me enojaba con mi novio porque me regaló lo que le dije que me regalara cuando esperaba que fuera algo sorpresa. Este año ya cambié el chip. Este año no esperaba nada de nadie y terminé pasándomela "bien", a excepción de una situación que por motivos personales no mencionaré en este blog por el momento. Mis papás hacen su mayor esfuerzo por hacerme feliz. Es lo único que quieren de mí. Sé que no es su culpa cualquier breakdown patético o cualquier crisis del cuarto de siglo por la que esté pasando. Llegas a una edad en la que te pones a considerar lo que las otras personas hacen por ti y no puedes exigirles nada, porque lo que te dan, es lo que te quieren dar, y porque de seguro lo dan con muy muy buenas intenciones. Porque cada quien tiene lo que merece. Y yo tengo una familia increíble y amigos de lo más genial que siempre han estado ahí para mí.
Puedo decir, que a mis 25 años, aunque sigo siendo bien dramática y me gusta hacerme la vida de cuadritos (porque por alguna razón lo complicado es lo que más le atrae a mi cerebrito), ya no soy la víctima de nada. Ya no tengo tiempo para eso. Ya no soy una adolescente desconsiderada. Por el contrario, estoy aprendiendo a ver las cosas buenas de cada tragedia que me pasa.
Y pues, eso.
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