—¡Tú me conoces! Sabes que yo no soy así. Te juro que no hay nadie más.
Era difícil creer estas palabras porque siempre me han dejado por alguien más. No es que sea mala pareja, simplemente siempre hay alguien mejor.
—Quiero un tiempo para mí. Quiero estar un rato solo.— Un rato fueron tres meses. Poquito menos.
En ese tiempo no tenía cómo rebatir. Jurabas que no había nadie y querías un tiempo para ti solo, no te lo iba a negar. Hubiera sido buena idea decirte: "Ahora no. Esta semana no, porque tengo finales. Ni esta semana, ni este mes. Hell, espérate a que termine el semestre." Pero ¿qué poder tenía yo sobre ti? Y lo más importante: ¿por qué te obligaría a quedarte cuando estabas tan ansioso por salir corriendo de mi vida?
—Te amo. Mi corazón es tuyo. Sólo quiero estar solo por un tiempo.— Me decías mientras me intentabas abrazar y llorabas en mi hombro.
—Quítate. No me toques.— Intentaste limpiar mis lágrimas pero sabía que el mínimo roce de tu piel con la mía quedaría marcado en mi memoria. —Llévame a la casa. Ya.
Y me dejaste. Y no me despedí de ti aunque te habías acercado a mí. Si hubiera sabido que ésa iba a ser la última vez que nos veríamos, créeme que te hubiera besado. Te hubiera besado para toda la vida. Tenía miedo. Miedo de que si me despedía me iba a quedar horas y horas intentando convencerte como quien no se quiere ir. Como quien se aferra.
Abrí la puerta del carro, la cerré con fuerza, me dirigí a la puerta de mi casa y no volteé. ¿Para qué jodidos iba a voltear? ¿Para verte por última vez? ¿Para guardarme la imagen de ti, con ojos rojos y llorosos, con una expresión de dolor y lástima?
El cerebro se protege. Por eso no dejaba que me tocaras, ni me despedí de ti, ni volteé a verte al final: porque sabe que lo que recuerdo, lo recuerdo con tal precisión que sería como revivir el momento una y otra vez.
No podría explicarte con palabras todo lo que sentí y he sentido hasta el momento. Lo intentaré pero te aseguro que lo descrito a continuación no se le acerca ni poquito a lo que realmente fue (y sigue siendo).
Lloré por meses. Mi cara se hinchó. Mis mejillas y mi nariz ardían de tanto que rozaba el papel rasposo contra ellas al limpiarme las lágrimas. Algunas mañanas batallaba para poder abrir los ojos de tanto que había llorado la noche anterior. No comí bien en un mes. Si comía una vez siquiera, ya era ganancia. No me concentraba en lo que tenía que estudiar porque mi cerebro no podía dejar de repetir todo lo que me dijiste, no podía dejar de hacerse ideas y de imaginarte con alguien más.
El cerebro puede ser muy pinche a veces. Me decía que tú estabas bien. Me decía que tú ya ni me sufrías y que probablemente ya estabas saliendo con alguien más. Ese alguien más de quien ya sospechaba de hace tiempo. Pero confiaba en ti. Confiaba en ti y en el amor que me jurabas.
Hiciste que sintiera todo aquello que había jurado nunca jamás volvería a dejar que una persona me hiciera sentir: Inútil, reemplazable, fea, sola, miserable, utilizada, triste, desamparada, entre otros mil sinónimos de tristeza porque te aseguro que los sentí todos.
Este tiempo se ha sentido como si tuviera múltiples personalidades.
A la Valeria positiva no le haces falta. Ella cree que le facilitaste las cosas porque muy muy dentro creía que no eras el amor de mi vida. Ella dice que igual estabas demasiado flaco, demasiado inmaduro, demasiado bruto y demasiado egoísta para mí (además de eso, siempre remarca que no sabías inglés). Dice que puedo conseguirme algo mejor, a alguien mayor, a alguien cuyo papá no le haya comprado su carro. Que eras menor que yo y que no me veía casada contigo, de todas formas.
—Tienes sueños más grandes que él. Tú esperas viajar y hacer tu residencia en otro país y él sólo sueña con tener una familia.— Me decía. —Tú vas a ser doctora. Vas a salvar y ayudar a mucha gente. Te consigues un doctor y santo remedio.
A la Valeria positiva le da gusto que te hayas ido. Dice que he tenido experiencias más emocionantes sin ti. Como aquella vez que probé la marihuana. Las múltiples veces que me he quedado en casa de amigos. Aquellas noches donde tomaba hasta no recordar nada el día siguiente. Aquel viaje que tengo planeado. Aquella vez que besé a alguien que apenas conocía. Dice que me ha visto reír, tal vez no más veces pero sí con más intensidad que cuando estaba contigo.
—Estás mejor así. Me alegra que esto te haya pasado. Justo a tiempo.— No deja de repetirme.
La Valeria rencorosa te odia. No deja de preguntarse cómo pudiste. Usa muchas palabras altisonantes y la mayoría del tiempo grita en mi cabeza.
—¿CÓMO CHINGADOS? PINCHE PENDEJO DE MIERDA.— Intento calmarla inhalando y exhalando varias veces. Eso de contar hasta diez no funciona muy bien que digamos. —NO HAN PASADO NI TRES MESES Y LA MIERDA ANDANTE YA SE CONSIGUIÓ A ALGUIEN MÁS. NO QUE MUCHO PINCHE AMOR.
La única manera de calmarla es dejándola soltar todo lo que tiene por decir. Debe desahogarse porque si no lo hace explota con las personas equivocadas.
Mientras se desahoga me recuerda muchas cosas dolorosas. Me dice de todas las veces que me dijiste que me amabas, que te hacía muy feliz, que era el amor de tu vida, la mujer más hermosa de la vida y de otras mentiras más.
Ella espera con ansias el día que te arrepientas. El día en el que te des cuenta de cuán importante era para ti y quieras regresar, sólo para que te diga que ya es muy tarde. Que por pendejo me perdiste.
—Le vas a decir que se vaya mucho a chingar a su madre al muy cabrón.
A veces hablar con la Valeria rencorosa me hace sentir esperanzada.
Valeria depresiva es la peor de todas y la odio. Es la peor porque cuando llega, no puedo hacer que se vaya con facilidad. Es la que más tiempo me ha acompañado y ya estoy empezando a chocar con ella.
Le gusta recordar los buenos y los malos momentos. Le gusta ver fotos y videos y puede pasarse día y noche llorando por ti. A veces saca la caja donde tengo todas las cartas que me hiciste sólo para torturarme. Me dice que nunca en la vida encontraré a alguien con quien me sienta tan cómoda como contigo. Que eras el amor de mi vida y que ya que te perdí nada tiene sentido.
—Estás sola. Nadie te va a querer nunca. Dejó de amarte y te cambió por alguien más. De seguro ya ni te recuerda. No fuiste suficiente.— Y mientras me dice todo esto, intento tragar con dificultad el nudo en la garganta que siempre se forma.
A nadie en mi familia le gusta la Valeria depresiva. Una vez me hizo creer que tenía problemas y que debía buscar ayuda profesional. La Valeria depresiva, además de eso, es una chiflada. ¿Por qué siempre me hace lo mismo? ¿Por qué no simplemente lo acepta y ya? Me hace creer que todo está perdido. Me hace sentir la persona más sola del universo. La odio. Que se vaya.
La que más me gusta es la Valeria que te ama. Pero no con ese amor egoísta y posesivo. Esa Valeria te ama en toda la expresión de la palabra. Tampoco es como para vanagloriarte, eh. Ella cree que mientras estés feliz, no tiene por qué sufrir. Mientras hayas conseguido lo que buscabas, entonces todo está bien.
—Las personas están en constante búsqueda de su propia felicidad y no puedes culparlo por querer encontrar felicidad en otros lugares.— Me dice, la muy sabihonda. —Fue una persona que te enseñó lo que era amar. No fue el amor más perfecto, pero fue amor. A veces una persona deja de esforzarse y no queda más por hacer que aceptar su decisión y desearle lo mejor porque a fin de cuentas esa persona te hizo feliz.
La Valeria que te ama es la que más me relaja. Con ella es con quien no me duele llorar y con la que me quiero quedar.
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