Óscar estuvo conmigo estos últimos días mientras pasó lo de mi abuelo. Estuvo ahí en cada momento. Desde cuando recibí la llamada hasta que nos despedimos de él en el panteón. No tuvo que decir muchas cosas. De hecho, casi no dijo nada. Solo tuvo que estar ahí. Cuando llegué a su casa temprano en la mañana y me acosté directo en su cama a llorar, fue a abrazarme. Cuando abrieron el sarcófago de mi abuelito, me abrazó con más fuerza. Cuando estábamos en misa, no me soltó de la mano. El último día fui a dejarlo a su casa y lo acompañé a él y a su hermana a hacer la despensa y mientras estábamos en Soriana no podía evitar pensar en lo mucho que a mi abuelito le gustaba ir a Soriana caminando a comprar pan, así que evidentemente me puse triste y se me llenaban los ojos de lágrimas de rato en rato. El punto culminante fue cuando me acerqué al pasillo de toallas sanitarias y agarré un paquete, pero luego recordé que solo traía $50 pesos y no me alcanzaban porque aparte tenía que comprar cloro para limpiar el cuarto así que simplemente las dejé. Lloré por todo. Por mi abuelito. Porque traía la regla. Porque no me alcanzaba el dinero. Por Soriana. Por el pan. Por llegar a limpiar con el cloro. Por que no me alcanza el dinero para nada en sí y demás demases. Regresé con Óscar y me dice: "Si tienes que comprar toallas, cómpralas." Le dije que no me alcanzaban y me dijo que qué importaba, que él me las pagaba. Así que regresamos al pasillo de toallas sanitarias, agarró justo las que había estado viendo y me las compró junto con el cloro especial para perros.
Cuánto te amo.
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