miércoles, 10 de agosto de 2016

Sobre la muerte y otras tristezas

Ayer mientras platicaba con mi mamá sobre cómo mis abuelos se la pasan muy aburridos sentados viendo tele en la casa, mencionó que estaba muy agradecida de que Dios les permitiera vivir tanto tiempo y de poder verlos en tan buena condición.
Esa conversación me hizo transportarme a un futuro en donde yo veía a mi mamá de anciana, pensando de la misma forma. Digo, no sé si así vaya a ser. Espero que sí, y espero no estar pensando eso hasta que mi mamá ya de verdad esté muy muy grande. Pero toda esa plática me hizo pensar en algo que tenía rato no pensaba: la muerte.

Cuando era niña, tendría unos 10-12 años, me pasaba las noches pensando en la muerte. ¿Qué clase de niña era y por qué tan oscuros pensamientos me agobiaban desde tan pequeña? Podía pasarme noches enteras sin poder dormir y me aterraban varias cosas: el qué se sentirá estar muerto, ¿estaré consciente de que morí?, ¿me iré a otro lado?, ¿simplemente desapareceré? Pero más que todo eso, me aterraba (y aún lo hace y lo seguirá haciendo por los siglos de los siglos) pensar en la muerte de mis familiares.
Entonces me puse a buscar en internet -como toda persona cuerda- cómo evitar los pensamientos recurrentes sobre la muerte.
No hay manera. Y de hecho, algunos mencionan que la gente que piensa en la muerte constantemente es la que vive mejor (aún tengo mis dudas, no era una fuente muy confiable que digamos). También hay mucha gente adulta de 30-40 años que sigue pensando en lo mismo. Pero es normal. Es normal preguntarnos cómo va a terminar todo. Es normal tener miedo. Estar viviendo esta vida, esforzándonos tanto, como para al final simplemente morir.
Pero no es el caso estar obsesionándote con eso. No es el caso amargarte todas las noches llorando y pensando en el qué pasará. La verdad es que, cuando eso llegue, ni te darás cuenta.

Entonces me puse a pensar en mi accidente y en el hecho de que todo pasó muy rápido y ni siquiera lo recuerdo. El cerebro es experto olvidando el dolor físico, así que aunque sea capaz de decir que, sí, ser atropellada por un camión me dolió bastante, ahora no recuerdo ni la tercera parte de cuánto me dolió. Entonces es eso, eso me ayudó para dejar de preguntarme tanto qué pasaría después: el pensar que cuando pase, ni quiera me daré cuenta. Además de que todos somos inmortales hasta demostrar lo contrario. ¿Qué tal si nunca morimos? ¿Qué tal si solo la gente a nuestros alrededores muere pero nosotros nunca? Y si así pasa, pues ni modo. Miles de millones de personas también han muerto. Todos vamos a morir eventualmente.
Luego, si ya resolví ese problema, viene el otro. Nunca quiero experimentar la muerte de mis seres queridos. Eso es algo que siento me va a hundir en depresión y me va a hacer querer acompañarlos. Pero es algo que no se puede evitar. Es algo que va  a pasar y no queda de otra mas que estar consciente de ello todos los días de nuestras vidas, hacernos a la idea de que pasará, y disfrutar nuestro tiempo con aquellas personas/mascotas.

Y eso me pasé pensando ayer en la noche. Ya no lloro por eso, a menos que empiece a imaginar un universo donde mis familiares no existan, pero sí me hace sentir un vacío y el estómago comienza a dolerme horrible.

Así es la vida. Suck it up.

No hay comentarios:

Publicar un comentario